28/8/08

Breve biografía de Romeo Montesco By: Bolivar Lucio

Digamos que era italiano cuando ningún país del mundo se llamaba Italia. Era, mejor dicho, veronés y –considerando cómo se ven los mapas de la época– súbdito (o ciudadano) de la Serenísima República de Venecia. Pudo haber nacido hacia 1575 y veinte años más tarde, en cinco días, la muerte marcó su vida.

Su problema era que nunca supo estar at the right place, at the right time porque un día; mordido de cuitas de amor, cae a una fiesta y fijó su atención en una chamita (algo así como 14 años, o sea como para hacer el réprobo gesto de besarse medio-índice-y-pulgar y lanzar la mano al aire) sin saber que era su peor enemiga por default. Lo ventajoso del encuentro es que Romeo se olvidó que andaba triste y más ocupado le tuvo su nueva ilusión.

El baile, por cierto, era un baile de máscaras. El joven Montesco y su barra ya se iban, pero este desaparece y hace gala de la habilidad que le llevaría a la muerte. Fue así :

Como quien no quiere la cosa, deambulaba por un jardín, debajo de un balcón, todo en noche silenciosa sin un alma a la vista.

Sus amigos llegaron a buscarle y él se ocultó tras una columna, aunque un amigo siempre sabe en qué anda su pana, es pana. Uno dice: «Vamos se ha escondido entre estos árboles para confortarse en el ánimo de la noche. El amor es ciego y le conviene la oscuridad»; pero el otro dijo: «Si el amor fuera ciego no pudiera dar en el blanco». Tenía razón: Romeo no estaba ahí por accidente.

Accidente fue lo que pasó a continuación porque sus panas se fueron diciendo algo como: que se joda y llegue como pueda a la casa pero en idioma del teatro isabelino. Luego, cuando Romeo himself estaba a punto de retirarse la ventana en el balcón se abre y… ¡Sí!: la chama rica diciendo: «¡Oh Romeo, Romeo!, ¿dónde estás que no te veo?». Mentira, dijo: «¡Oh Romeo, Romeo!, ¿por qué tú Romeo?».

Es sabido que desde siempre los hombres proponen y la mujer dispone y esta chama –que en adelante llamaremos Julieta Capuleto– ya sabía que Romeo llevaba el apellido equivocado.

Entonces ella pide que niegue a su padre y su apellido, o si no: que se jure su amor (a ella obvio) y Julieta dejaba de ser Capuleto.

Lo bonito de la famosa escena es que Julieta hasta entonces no sabe que Romeo la escucha debajo del balcón, y sigue diciendo que un nombre no es una mano o una pierna, ni siquiera una cara y que una rosa sería tan dulce si se llamara de otro modo. Al escuchar eso Romeo, finalmente, interviene y le dice que le diga como le dé la gana y que ya sube para depositarle semillita.

Ella, de todos modos dispuesta, no dice que no; sino que los guardias le van a matar. El otro: que me maten. Ya estaba por treparse, pero llaman a Julieta desde dentro y deciden que más vale se casan al otro día.

A partir de entonces todo le sale mal al pobre Romeo. Desposa a Julieta clandestinamente; pero cuando ya se retiraba en buen orden y planeaba una nueva vida, una gresca callejera en la que no quería meterse, cobra la vida de un amigo suyo y Romeo, en venganza, mata al asesino de su amigo.

El príncipe de la ciudad lo destierra para no ejecutarlo y a Romeo no le queda otra alternativa que despedirse de su flamante esposa. Uno nunca sabe, pero parece que quierde la prima noctis que esperaba Julieta. Julieta se bajonea y el comedido del fraile que les había casado le dice que se tome una poción que es como los dardos del Kalimán, porque provoca un letargo parecido a la muerte.

El fraile manda a avisar a Romeo de lo acontecido, pero el mensaje no le llega porque a este se le ocurre regresarse en medio camino y nunca lee la carta que le hubiera salvado de haberse quedado quieto. Gil también, pero hay que ver que andaba desesperado.

Al llegar, le avisan dónde está Julieta; pero no lo que ella y el fraile habían planeado: la cagada. Encuentra a Paris, un prometido de Julieta (o sea, la habían prometido los padres de ella, porque a Julieta le gustó siempre Romeo). Este no hacía nada más que presentar sus respetos a la difunta. Romeo le pide gentilmente que se largue. Como no se largara Paris, Romeo le caduca la cédula. Para desgracia del pobre Romeo, lo último que dice el agonizante Paris es: «Abre la tumba, déjame junto a Julieta». Los muertos son gente bien cabrona, es cierto.

Bueno. Entra el tipo, partido como corresponde a la difícil situación: ve a su amada unánime, agarra un frasquito de veneno que, para el efecto, había comprado y no deja posibilidad a la gota doble y el desafortunado Romeo abandona este mundo.


El cuerpo desvanecido del amante justo-justo acababa de caer, y Julieta se despierta. Awful timing indeed. La no menos desafortunada Julieta ve la tragedia a su alrededor, intenta sorber las últimas gotas de veneno de los labios de Romeo, y como fracasara su empresa y justo-justo cuando entraba a la cripta gente que pudo haberla detenido se hunde la daga de Romeo.

Hay una estatua, hecha de bronce, de Julieta en Verona. Tiene una teta desgastada porque la gente dice que tocarla trae buena suerte.

A Romeo la idea resultaría repugnante.

No hay una estatua de él.



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